El Año Nuevo negro: crónica de la masacre de Ochalí, Yarumal
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Panorámica de Ochali (cortesía: El Colombiano) |
Sergio Mesa Cárdenas
El 17 de enero del 2000 un grupo aproximado de 150 hombres del Bloque Mineros y de otros bloques, al mando de Salvatore Mancuso, conocido como Mono Mancuso y Javier Montañez, incursionaron en las veredas La Quiebra y La Rivera, y los corregimientos de El Llano y Ochalí, en Yarumal, en donde ajusticiaron a dieciséis personas. Esta es una reconstrucción histórica de lo sucedido durante los dos días en que acamparon en las zonas aledañas al corregimiento.
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“Para ese tiempo [entre 1996 y 2000] yo era el comandante del Grupo de
Ituango, bajo mi mando tenía 40 hombres, o sea mi responsabilidad era responder
por esos 40 muchachos en Ituango
(sic)”, declaró ante la Fiscalía 17 de la Unidad de Derechos
Humanos y DIH el confeso paramilitar Isaías Montes Hernández, conocido con los
nombres de guerra de Junior o Mauricio, un hombre sanguinario que
participó en las masacres de La Granja, el 11 de junio de 1996, y El Aro, 22 de
octubre de 1997, en Ituango, y que lideró la incursión al corregimiento de
Ochalí y El Llano, en Yarumal, en el 2000, cuando apenas comenzaba el nuevo
milenio, donde fueron asesinadas dieciséis personas señaladas de ser “auxiliadores
de las Farc” o “colaboradores o simpatizantes de grupos subversivos”.
Junior o Mauricio, quien para 1996 tenía 24 años, participó en la masacre de La Granja como parte del plan de incursión de la naciente estructura paramilitar de las AUC, en ese momento llamadas Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá, ACCU, en el Nudo de Paramillo, para controlar los corredores por los que las Farc llegaban al Bajo Cauca y al sur de Córdoba. Allí fueron asesinados por orden del comandante Carlos Mauricio García, Doble Cero, cuatro campesinos, señalados de ser auxiliadores de la guerrilla. En medio de torturas y vejámenes fueron ultimados a tiros William de Jesús Villa García, Graciela Arboleda, Jairo de Jesús Sepúlveda y Héctor Hernán Correa García.
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El propósito de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC,
creadas en 1997, como federación de grupos de autodefensas que estaban dispersas
por todo el país, era expandirse territorialmente y controlar el Nudo de
Paramillo, fortaleza del Frente José María Córdova de las FARC y sus Frentes 18
-con operación en Ituango- y 36 -en Yarumal, Campamento, Angostura y Anorí.
Según Eucario Macías Mazo, alias N.N., Jerry o Mazo,
desmovilizado del Bloque Mineros, cuando las AUC pretendían tomarse zonas como
Ituango, de fuerte presencia guerrillera, acudían algunas veces al Ejército y
patrullaban conjuntamente, o el Ejército realizaba los taponamientos de vías o
despejaban la zona para que pudieran actuar, o recibieran apoyo de
helicoportados. Así fue como incursionaron en los corregimientos de La Granja,
El Aro y Ochalí.
El 26 de octubre de 1997 fue
electo como alcalde de Yarumal el conservador Gustavo Giraldo Giraldo, quien
gobernó desde el 1 de enero de 1998 hasta el 31 de diciembre de 2000. El mismo
día de las elecciones, mientras los ciudadanos ejercían su derecho al voto, el
corregimiento de El Aro, en Ituango, donde también había elecciones para elegir
alcaldes y concejales, estaba sometido por los paramilitares de las AUC, entre
ellos Isaías Montes Hernández, alias Junior o Mauricio.
Rodrigo Pérez Alzate, alias Julián
Bolívar, quien años después sería comandante del Bloque Central Bolívar, de
las AUC, y se desmovilizaría en 2006, hizo presencia ese día de las elecciones
en Yarumal. Para ese momento comandaba el Grupo de Pérez, célula paramilitar
que reemplazó a la disuelta convivir Defensores de Yarumal, Valdivia, Angostura
y Campamento -DEYAVANC-, que operó con autorización de la Gobernación de
Antioquia, mediante resolución firmada por el entonces gobernador Álvaro Uribe
Vélez.
En un informe realizado por la
Fiscalía Seccional de Antioquia, entregado al despacho de la magistrada María
Consuelo Rincón Jaramillo, de la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior
de Medellín, quedó consignada la acción militar del Grupo de Pérez el día de
las elecciones:
El veintiséis de octubre de 1997, a las 14:00 horas, la guerrilla instaló un retén ilegal cerca al Estadero La Teresita, con el fin de impedir el normal desarrollo electoral. El grupo paramilitar al mando de Rodrigo Pérez Alzate, alias Julián Bolívar, al ser informado al respecto, se desplazó a dicho lugar, donde fueron emboscados por los guerrilleros, siendo asesinados dos de sus integrantes identificados como Milton César Triana Machado y Juan Bautista Mazo, mientras que la camioneta Luv 2300, de placas ITR, color blanco, en la cual se movilizaban, fue incinerada, en tanto que Pérez Alzate resultó ileso.
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El presagio de lo que cuatro años después viviría Ochalí
ocurrió el 4 de noviembre de 1996, días después de la masacre de La Granja, en
Ituango. Era la primera vez que las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá,
ACCU, incursionaban en zona rural de Yarumal. Así quedó consignado en la
crónica de un sobreviviente.
Aquel 4 de noviembre de 1996 fue igual que los demás:
calurosos, serenos, lentos, suaves o bulliciosos al olor esperanza que trae
consigo la recolección de café de pequeños cultivadores en esa época del año.
Antes del mediodía llegaron los primeros rumores sobre la posible llegada de
las Autodefensas Unidas de Colombia. Algunos labriegos ratificaban que en días
anteriores un grupo de encapuchados había llegado a veredas y corregimientos
aledaños, masacrando campesinos.
[Quien escribe es Daniel Espinosa Zapata, quien siendo un
niño presenció el asesinato de su abuelo Marco Antonio Jaramillo, conocido como
Marcos Chagualo, según se lee en la crónica que él tituló El ocaso de Marcos
Chagualo, que ronda en la web].
Hacia la 1.00 p.m. en la
carretera principal [que va desde Yarumal], sobre la montaña perfilada,
[se] observaron los camiones a los lejos. Se podían ver que pendían banderas
rojas y negras, [y] se escuchaba el rugir de los motores de los
vehículos que descendieron rápidamente hasta llegar al pequeño parque principal
[de Ochalí], cuenta Beatriz Jaramillo.
[Los paramilitares] llegaron y mandaron reunir a toda
la gente del pueblo. Nos llamaron para que asistiéramos a una reunión en el
atrio de la iglesia. Cuando yo llegué toda la gente estaba asustada. Había un ambiente
sepulcral. Hombres armados con fusiles, muchos de [ellos] tenían
capuchas. Nadie decía nada. Vi como traían [a] una persona casi
arrastrando, le daban con sus machetes; lo ultrajaban, mientras en la mitad del
pueblo todo el mundo se preguntaba, ¿quién era ese? Cuando estaban cerca de la
casa de Ovidio Loaiza vi que era mi papá. […] reconocí la ropa
que tenía ese día, ya deshilachada. Y entonces presentí que era su final.
Marcos Chagualo, el papá de los chagualos, murmuraban algunos.
Tres paramilitares, [que]
azotaban la dignidad de Marcos Jaramillo, terminaron de conducirlo hasta donde
toda la muchedumbre esperaba. En todo el centro de la calle cerca de 200
personas, entre hombres, mujeres y niños soportaban, en silencio, la realidad
de la muerte a pocos metros. Las mujeres sollozaban; los hombres, en cambio,
experimentaban la impotencia.
¡Guerrillero, guerrillero!, gritaban los paramilitares,
relata Beatriz, la única hija mujer de Marcos, que lo acompañaba en ese
momento. Otro de los hijos logró huir. Según narran los habitantes [de Ochalí] también lo iban a asesinar”.
A las cuatro de la tarde las calles estaban llenas de
polvo y sangre. Los moradores estaban de pie; algunos cansados y otros
sumergidos en el dolor y la desesperanza. Parecía que la tarde no iba a acabar,
aduce Beatriz, mientras un lagrimón aparece en su rostro y continúa con algún
esfuerzo. Cortaron sus cabellos con machetes, lo abofeteaban y arrancaban en
cada planazo, en sus costillas y espalda, partes de su piel. Sus piernas temblaban,
pero él seguía de pie.
Aparece la ira y la melancolía retorna, después de
recordar que su padre, frente a las humillaciones y acusaciones, no lanzó
alarido. No pronunció palabra alguna, cuenta Beatriz, que sus ojos estaban más
vivos que nunca. Acababa de estrenar la operación de córneas. A las palabras
obscenas que le gritaban reía como lo hacen los payasos en pleno acto, para no
matar la magia del horroroso escenario de la muerte.
Para Isabel, hermana de Marcos, los minutos pasaban
silenciosamente. La tarde caía. Hasta las aves parecían haberse marchado. La
multitud y ella clamaban a Dios que un milagro detuviera tal castigo, que
aquellos hombres vestidos de verde, encapuchados y malhechores abandonaran el
poblado sin hacerle daño a nadie. Recuerda que el reloj de la pequeña iglesia
los torturaba replicando el tic-tac, tic- tac, mientras que los rayos del sol
se ocultaban detrás del municipio de Toledo, ubicado en una montaña al
occidente, sin que pudieran mover ni un solo dedo.
Beatriz soportaba junto a los habitantes de Ochalí las
torturas que le hacían a su padre. Solicitó [a
los torturadores] que sus hijos Carolina, de 10, y Juan Camilo, de 7 años,
se pudieran ir para que no presenciaran esta tragedia. Uno de los encapuchados
asintió. Isabel, hermano de Marcos, conocida como La chava, salió con los niños
y se perdió susurrando el rosario casi en silencio por la empinada calle. Los
niños lloraban desconsoladamente.
Los verdugos azotaban sin piedad a su víctima que yacía
de rodillas, como esperando el golpe de gracia. Su hija Beatriz, en un acto de
valor, de desesperación y dolor, pidió a los paramilitares que, si lo iban a
matar al final, que lo hicieran y no lo maltrataran más. A su vez manifestó:
¡mátenme con él!
Para algunos no fue fácil verlo allí. Marcos es un
recuerdo imborrable para el pueblo. Era lujurioso, bohemio, coqueto, enamorado.
[Era] un hombre amable en el trato, de ternura desmedida con sus semejantes.
Usó siempre finos sombreros. Rosita, su esposa, cuidaba de sus ropas. Sus
mujeres, sus hijas, eran su vida. Tuvo otros hijos fuera del matrimonio: seis.
Así no fuesen reconocidos ante la notaría siempre fueron recibidos en su casa,
llena de árboles chagualos, del que recibieron el apelativo de los chagualos.
Muchos de los pobladores [de Ochalí], en voz de protesta, aún hoy señalan al Estado y [a] las autoridades del municipio de Yarumal, nunca asumieron la responsabilidad. [En] esos momentos el poder [era] para los malos. El Ejército, el alcalde, nadie dijo nada. Ni siquiera los medios de comunicación, que así sea por teléfono averiguan qué pasó. Nada. Ochalí, igual que Marcos Chagualo, murió ese día para el mundo.
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Para 1999 la presencia de paramilitares, adscritos al
Bloque Mineros de las AUC, en Yarumal, era constante. En zona rural, en límites
con el municipio de Briceño, para el 2000, se produjo una de las peores
masacres cometidas por las Farc -Bloque José María Córdoba- contra las AUC:
En ese mismo año 2000, alias Cuco Vanoy decide enviar un grupo de hombres hasta el municipio de Briceño, territorio de importancia por ser limítrofe con el municipio de Ituango y con una topografía apropiada para el cultivo de la coca, además de ser un sitio de retaguardia de los Frentes 18 y 36 de las FARC, incursión que comandó Jhon Jairo Julio Hoyos, alias El Negrito Ricardo; sin embargo, integrantes del Bloque José María Córdova de las FARC emboscó al grupo de paramilitares, al mando de alias “Richard”, en el sector de María Huevos, cerca de la entrada al municipio de Yarumal, produciéndose la muerte de veintidós (22) combatientes.
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Junior habría
estado en Yarumal en el 2000, cuando -según declaró ante la Sala de Justicia y
Paz del Tribunal Superior de Medellín- entró con las tropas de los
paramilitares hasta el corregimiento de Ochalí, acompañados por el Ejército.
Los hombres del Bloque Mineros, provenientes de Ituango, capturaron a dos
presuntos guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional, ELN, los
interrogaron y les incautaron las ametralladoras y los brazaletes que portaban.
En ese momento se produjo un hostigamiento por parte del ELN, siendo repelido
por la compañía del Ejército que acompañaba a los paramilitares. El saldo fue
la baja de un soldado. El comandante de la patrulla del Ejército le solicitó a
los paramilitares la entrega de los dos guerrilleros capturados y un fusil para
legalizarlos, para lo cual Junior llamó por radioteléfono al ganadero
Jaime Alberto Angulo Osorio -condenado por el asesinato del abogado y defensor
de derechos humanos Jesús María Valle Jaramillo-, quien se encontraba en
Ituango, quien dio la orden de entregar uno de los fusiles R-15. Continuaron su
camino hacia Ochalí. Haciendo uso del engaño -en derecho penal se tipifica como
el delito de perfidia-, portaron los brazaletes del ELN e incursionaron en la
vereda La Quiebra, en donde inicialmente asesinaron cuatro personas. El número
de masacrados se iría sumando con las horas.
El presagio de una masacre en los corregimientos de Ochalí, El Llano y La Loma, en Yarumal, Antioquia, era inminente. Todo lo que oliera a guerrilla, según se escuchaba en los cuarteles y se escuchó desde el púlpito de la iglesia de La Merced, en la época del sacerdote Gonzalo Javier Palacio Palacio -fallecido en septiembre de 2020 a la edad de 87 años-, señalado de haber sido integrante del grupo paramilitar de Los Doce Apóstoles y las Autodefensas del Norte Lechero, debía ser exterminado. Una sombra de sangre tiñó la tierra de Ochalí entre 1996 y 2003, durante el dominio de los paramilitares del Bloque Mineros, al mando de Ramiro Vanoy Murillo, alias Cuco Vanoy.
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Roberto
Arturo Porras Pérez, alias La Zorra o Calabozo, fue guerrillero
del Frente Anorí del ELN. Desertó de la guerrilla y se fue para Medellín a
buscar trabajo en construcción. Al darse cuenta que la guerrilla lo estaba
buscando para asesinarlo, volvió a Yarumal, en 1998, en donde hacía presencia
el Grupo de Pérez, al mando de Rodrigo Pérez Álzate, Julián Bolívar,
quienes antes integraron el grupo paramilitar conocido como Los Doce Apóstoles.
Alias La Zorra hizo contacto con el Grupo de Pérez
en la zona urbana de Yarumal, donde permanecería 5 meses. Al ser oriundo del
corregimiento de Cedeño (Yarumal) y haber pertenecido al ELN, con quienes
patrulló los municipios de Yarumal, Valdivia, Tarazá y los corregimientos de
Barro Blanco, Raudal y Raudalito (Valdivia) fue enviado al corregimiento Barro
Blanco, en Tarazá, para ser comandante militar del recién creado Frente Barro
Blanco, al mando de Alexander Bustos Beltrán, alias W, siendo parte de
la estructura del Bloque Mineros, cuyo comandante general era Cuco Vanoy.
El Frente Barro Blanco, con base de operaciones en el municipio de Tarazá, estaba al mando de Rafael Ignacio Ramírez Jiménez, alias 10-4, y en la parte militar alias La Zorra, quien controlaba la carretera troncal a la costa Atlántica, además de hacer presencia en los corregimientos de Jardín (Cáceres), Cedeño y Cedro (Yarumal), y Raudal y Puerto Raudal (Valdivia), y en los municipios de Campamento, Gómez Plata y Carolina del Príncipe. En total el Frente estaba integrado por 150 combatientes.
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La connivencia de los paramilitares en el Norte y Bajo
Cauca antioqueño, en donde operó el Bloque Mineros, con el Ejército Nacional,
fue reconocido por el propio comandante paramilitar Ramiro Vanoy Murillo, Cuco
Vanoy, ante la sala de Justicia y Paz: “En coordinación con el Ejército
y las autodefensas había coordinación en la zona, porque siempre se coordinaba
el taponamiento, cuando el Ejército se metía le coordinaban con el comandante
militar de la zona de las autodefensas que ellos iban a estar por tal parte y
coordinaban para que las Autodefensas taponaran el otro lado, siempre había
coordinación, pero todas las veces, la mayoría de las veces si había
coordinación con el Ejército”.
Tres días después de la masacre,
el 20 de enero de 2000, Glemis Mogollón Vergara, periodista de El Tiempo,
quien estuvo en Ochalí como enviada especial, publicó una crónica desgarradora
de la masacre de dieciséis personas en Yarumal. Así tituló: Paras amargaron la vida en
Ochalí:
Álvaro, estudiante de derecho de la Universidad de Antioquia,
le sirvió de conductor a los hombres de las Autodefensas Unidas de Colombia
(Auc) la mañana del segundo día que los pobladores de Ochalí amanecían con el
enemigo acampando en sus calles.
El primer amanecer fue el del lunes, cuando por insultos
y amenazas de unos 150 paras se enteraron de la reunión en el atrio de la
iglesia de San Antonio. En piyama o con lo que pudieron ponerse encima, los 500
campesinos del corregimiento atendieron todo el día el interrogatorio sobre el
comercio de víveres.
Galletas, enlatados y cervezas pasaron de los estantes de
las tiendas a la mitad de las calles, después de que los hombres de la Auc
tiraron las mercancías para sondear entre los labriegos la suerte de los
tenderos.
Levanten las manos los que quieran que Everardo cierre el
negocio, pusieron a escoger a los campesinos, que en su mayoría aceptaron esa
condición creyendo que así aseguraban la vida del comerciante.
No nos dejaron beber ni comer nada en todo el día. A las
siete de la noche nos dijeron que nos quedáramos tranquilos, que no iba a pasar
nada y nos fuimos para las casas, contó Emilio Gómez [por petición del
desplazado se omite el nombre verdadero], un joven de 20 años, ayudante de un
tendero.
Dentro de las viviendas, pero en suspenso por los hombres
armados que decidieron quedarse a dormir en las calles y en la escuela,
contaron cada segundo de las siguientes once horas.
Sin madrugar tanto como el primer día, los paramilitares
volvieron a tocar las puertas, pero esta vez en las casas de quienes ellos
habían escogido. En la lista figuraban, entre otros, Everardo y Juvenal Torres
Barrientos, el papá y un tío del estudiante de derecho.
Mientras los dos labriegos caminaban hacia el cementerio,
donde los esperaban las otras seis víctimas, Álvaro, de 23 años, seguía recorriendo
las calles de Ochalí con un parrillero a sus espaldas. Él fue el último que
mataron, dice Emilio, mientras recuerda la mala suerte del hijo de don
Everardo, pues el muchacho sólo estaba en el pueblo pasando vacaciones.
La rabia de las Auc no se agotó en Ochalí, un pueblito
donde se produce el café más suave de Colombia y del mundo. Después de pasar
por El Llano, La Rivera y La Quiebra, la lista de muertos llegó a 16. Por falta
de comunicación, hasta la tarde de ayer aún no se sabía lo que había pasado en
el corregimiento de La Loma.
Aunque inicialmente los asesinatos se relacionaron como
una posible venganza de las Auc por la voladura de torres de energía, en el
oriente antioqueño, esta hipótesis ni siquiera se mencionó ayer entre las
autoridades de Yarumal.
El alcalde, Gustavo Giraldo, reveló que hace 15 días se
presentó una avalancha de llamadas extorsivas a los comerciantes. En un
principio pensamos que era la guerrilla, pero le seguimos el rastro a las
llamadas y nos dimos cuenta que procedían de un teléfono clonado en la cárcel
de Ibagué.
Por eso, ayer en la tarde, mientras enterraban a seis de
las víctimas, muchos en el pueblo le achacaban la masacre al punto estratégico
en el que viven los campesinos de Ochalí. Ese es un corredor que comunica con
Córdoba y también con Ituango y Toledo, que es donde empieza el Nudo de
Paramillo, dijo un funcionario de la Alcaldía.
***
El alcalde Gustavo Giraldo Giraldo supo de los nexos del
Ejército y los paramilitares, quienes actuaron conjuntamente en las masacres de
La Granja y El Aro, en Ituango, y en Ochalí, en Yarumal, siendo él alcalde. Así
dejó constancia en la declaración que rindió ante la Sala de Justicia y Paz del
Tribunal Superior de Medellín, que investigaba los crímenes cometidos por José
Higinio Arroyo Ojeda, alias Caballo, Julián o 8-5,
comandante del Frente Briceño de las AUC, quien durante la masacre de El Aro
fue el encargado de cubrir la retirada de los paramilitares, desde la vereda La
Guamera, corregimiento de Puerto Valdivia, en Valdivia, en donde también estuvo
alias Junior.
El coronel Germán Morantes Hernández, quien sustituyó al
anterior como comandante del Batallón Girardot, también tenía estrechos
vínculos con los grupos paramilitares, según declaró el alcalde Gustavo Giraldo
Giraldo. Dicho coronel fue el primero que llegó al corregimiento de El Aro,
sólo que 15 días después de perpetrada la masacre, cometida entre el 22 y el 31
de octubre de 1997 por los paramilitares. Ninguna ayuda les prestó a los
pobladores mientras se perpetraba ésta, a pesar de que duró 10 días y desde el
domingo 26 de octubre se tuvieron las primeras informaciones de lo que estaba
sucediendo, las cuales se transmitieron a la Gobernación de Antioquia, para ese
entonces a cargo del expresidente Álvaro Uribe Vélez, a la base militar de
Santa Rita y al Batallón Girardot, que estaba bajo el mando del coronel Germán
Morantes (sic).
En Yarumal el sargento Armando Antonio Orozco Hincapié, alias Osama o Jazz, del Batallón Girardot, asesinado el 26 de febrero de 2005, según declaración de Cuco Vanoy “[…] le vendía uniformes a José Higinio Arroyo Ojeda, alias 8-5, Caballo o Julián; véase cómo la condición de militar le daba un cierto salvoconducto para hacer compras de intendencia y moverse libremente por las carreteras del departamento”.
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De la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de
Medellín, integrada por tres magistrados, fue parte el abogado Rubén Darío
Pinilla Cogollo, a quien le correspondió investigar las acciones criminales del
Bloque Metro y el Bloque Cacique Nutibara, siendo este último comandado por
Diego Fernando Murillo Bejarano, alias Don Berna o Adolfo Paz. Dentro
de la línea de investigación contra integrantes de las AUC identificó a varios
integrantes del Bloque Mineros que participaron en masacres, definiendo el patrón
criminal que usaron las autodefensas para incursionar en Ituango y cometer la de
El Aro. En una de sus sentencias dejó consignada la participación de alias Junior:
“Isaías Montes Hernández coordinó con el Ejército el paso
del ganado hurtado en la masacre de El Aro, que fue llevado a través de
Valdivia y Puerto Valdivia hasta la hacienda El Perro de los hermanos Castaño
Gil. Ese día el Ejército Nacional había decretado el toque de queda a partir de
las 6 de la tarde. Si dicha medida permitió trasladar el ganado y su paso se coordinó
con el Ejército, no queda duda que el toque de queda hizo parte del plan
criminal para permitir el traslado de los semovientes, como parte de la
ejecución de dicha masacre”.
El teniente Everardo Bolaños Galindo, alias Jhon Jhon,
adscrito al Batallón Girardot, del cual era comandante el coronel Germán
Morantes Hernández, ha sido el único militar condenado por su participación en
la masacre de El Aro. Alias Junior, en versión rendida ante Justicia y Paz
en 4 de abril de 2011 dijo: “también estuvo un comandante de apellido
Bolaños que ese fue el que participó en la Masacre de El Aro, [quien] sabía
de la presencia [de los paramilitares] en Ituango”. En otra versión
el mismo Junior habló de los vínculos estrechos que él tuvo con Bolaños,
lo que denota su cercanía con el Ejército, la cual le sirvió para incursionar
años más tarde en el corregimiento de Ochalí:
[…] Junior, hablando del tema de la masacre de El Aro, mencionó que hizo contacto con el teniente Bolaños del Ejército que estaba en Puerto Valdivia, inclusive las víctimas informan que el veintitrés (23) de octubre de 1997, el Ejército que estaba acantonado en la zona dio toque de queda informando que nadie podía salir más tarde de las 6:00 p.m., el motivo era claro, todo estaba articulado para que bajaran los paramilitares con las reses hurtadas y así llegar al corregimiento de Puerto Valdivia donde las montaron a camiones […].
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En la masacre de Ochalí, que integra las veredas La
Quiebra y La Rivera, y el corregimiento de El Llano, fueron asesinadas
dieciséis personas. En la vereda La Quiebra, en camino hacia Ochalí, asesinaron
a cuatro labriegos: Bertha Muñoz Gómez, William García, Dayron Torres y una
persona no identificada. En la vereda La Rivera asesinaron a Héctor Hernán
Patiño Londoño. En Ochalí, después de haber reunido a todo el pueblo en la
plaza principal, fueron ejecutados Álvaro Hernán Torres, Analida Jaramillo
Echavarría, Gloria Espinosa, John Jairo Barrientos Patiño, Juvenal Torres
Roldán, Luis Everardo Torres Roldán, Marino Uribe Jaramillo, Milena Arias
Espinosa y una persona no identificada.
En su huida de Ochalí, los
paramilitares hurtaron víveres y medicamentos, destruyeron la caseta telefónica
y restringieron la compra de alimentos por parte de la población. El mismo
pueblo que había presenciado el ajusticiamiento de nueve de sus coterráneos se
desplazó a la cabecera municipal de Yarumal. El censo hecho por el gobierno contabilizó
120 personas.
La masacre de Ochalí, por parte
de los paramilitares, fue posible y no tuvo resistencia, alertas de
inteligencia ni operativos por parte del Cuerpo Técnico de Investigación, CTI,
adscrito a la Fiscalía, porque según desmovilizados del Bloque Mineros los
tenían en la nómina: “Luis Adrián Palacio Londoño, alias Diomedes, en
versión del 18 de julio de 2001, advirtió que cancelaban una cuota mensual de
$20.000.000 al jefe del Cuerpo Técnico de Investigación [CTI] en Santa Rosa de
Osos, para que se abstuviera de realizar operativos contra paramilitares”.
La Policía de Yarumal, la Sijín y
la Dijín -según versiones de exparas- tenían negociaciones con el Bloque
Mineros, por lo que se les facilitaban sus acciones criminales e incursiones en
poblados rurales, como Ochalí, para cometer sus masacres. Así lo declaró alias Diomedes
al ser preguntado por un fiscal:
Preguntado:
Usted les daba un dinero a ellos, cuánto y con qué periodicidad.
Contestó: Sí,
se les daba cada mes, por ejemplo, al sargento […] Perdomo de la Sijín de
Yarumal se le daban cinco millones de pesos ($5.000.000) de cada mes y al
patrón de los del CTI se le daban veinte millones de pesos ($20.000.000) para
que repartiera, al del CTI de Santa Rosa.
Preguntado:
Ustedes se lo entregaban en efectivo en Santa Rosa, él iba a Yarumal, ¿cómo
era?
Contestó: En
cualquier parte de Yarumal a Santa Rosa nos encontrábamos en cualquier parte en
la autopista, ellos hacían su retén.
Preguntado:
Además de estos funcionarios, a quién más recuerda.
Contestó: De las relaciones de las tropas del Batallón Girardot, esas se les puede decir, como yo nunca patrullé en el Mineros, de pronto este muchacho García Quiñones “Cedrito” que fue el que patrulló en ese Bloque Mineros, tal vez le pueda dar una claridad en la zona urbanas en el monte con el Ejército, pero de lo que estuvo a cargo mío con el Ejército, todo era 1 a 100% [de] colaboración”.
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La Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Bogotá condenó a cuarenta años de cárcel -480 meses- a Isaías Montes Hernández, Junior o Mauricio, y le impuso una multa de cincuenta mil salarios mínimos legales mensuales vigentes de multa y doscientos cuarenta meses de inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones públicas, al haber sido hallado penalmente responsable de los delitos de concierto para delinquir agravado, actos de terrorismo, homicidio en persona protegida, tortura en persona protegida, destrucción y apropiación de bienes protegidos, secuestro simple y agravado, desaparición forzada, deportación, expulsión, traslado o desplazamiento forzado de población civil, tratos inhumanos y degradantes en persona protegida, represalias, despojo en campo de batalla, tráfico de estupefacientes, destinación ilícita de muebles o inmuebles, tráfico de sustancias para el procesamiento de narcóticos, conservación o financiación de plantaciones y existencia, construcción y utilización ilegal de pistas de aterrizaje. Por la masacre de Ochalí, en donde él lideró la incursión, no recibió ni un día de cárcel.
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La presencia de los paramilitares en el cañón del río San
Andrés, en límites con los corregimientos de Ochalí, La Loma y El Llano, en
Yarumal, se afincó aún más después de la masacre de enero de 2000. Hasta su
desmovilización, en 2006, hombres del Bloque Mineros continuaron cometiendo
crímenes prohibidos por el Derecho Internacional Humanitario, DIH, entre ellos
delitos sexuales. La crudeza de los crímenes sexuales cometidos en Ochalí por
parte de los paramilitares ahondan aún más las heridas de la guerra.
[…] vivía con
sus padres H. Z. y A. C., y sus dos hermanas […] el día 3 de agosto de 2003,
siendo más o menos la 1:00 de la tarde, ella bajó caminando a un teléfono que
había en la vereda El Llano […] Al regresar nuevamente a su casa, estaba muy
nublado, ya que aclara que es clima muy frío y siempre había mucha neblina, escuchó
que alguien la llamaba […] cuando de repente un hombre uniformado y con
brazalete de las AUC la agarró fuertemente y luego apareció otro igualmente
uniformado y le amarraron las manos por delante con una pita de un zurriago
(con lo que golpean al ganado) y le amarraron un trapo en la boca para que no
gritara […] dice que la arrastraron hasta una bodega que había al lado de la
carretera que va de Ochalí hacía el municipio de Yarumal.
Comenta que
fue al llegar a la bodega, que era de propiedad de un señor llamado F. T. […]
estaba llena de paramilitares, todos armados y uniformados […] ya en el
interior de la bodega, la agarraron y le amarraron las manos y los pies
abusando sexualmente de ella, dice que aproximadamente fueron 8 hombres, pues
la golpeaban le halaban el pelo y la maltrataban.
Comenta que,
de un momento a otro, ellos pararon de violarla y le dijeron que se vistiera y
se fuera y varios de ellos la acompañaron hasta su casa; pero en el camino le
advirtieron que no fuera a contar lo sucedido, pues sino la mataban.
Enfatiza que no le sabía los apodos de sus agresores, pero recuerda a uno de ellos especialmente porque éste iba frecuentemente a su casa y era muy morboso, dice que le decían Canelo o Candelo […] estos paramilitares venían de la zona de Briceño […] aclara que tenía 14 años cuando pasó la violación y aproximadamente un año, estando en el Guaviare le apareció unas verrugas en la vagina (papiloma) consulto al médico y recibió tratamiento con el cual se curó.
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Las masacres de los paramilitares de las AUC en Yarumal
no cesaron. Meses más tarde de la ejecutada en Ochalí fue cometida otra
masacre, esta vez en la vereda La Estrella. El 9 de septiembre de 2001 fueron
asesinadas cinco personas, siendo cuatro de ellas miembros de una misma
familia: Eduardo Tabares Montoya, Luis Fernando Tabares Montoya, Andrés Tabares
Montoya, Juan David Tabares Montoya y Juan David Cuartas Cuartas.
El 22 de mayo de 2003, en horas de la noche, fueron ejecutados por paramilitares en el sitio La Balastrera cuatro personas: John Jairo Posada y otros tres jóvenes más sin identificar, a quienes les propinaron varios impactos de arma de fuego. Quince días después, el 9 de junio, en la vía que conduce de Yarumal hacia el corregimiento de Ochalí, fueron asesinados Francisco Luis Sánchez Medina, su hijo de dos años, Gabriela Medina y Gildardo Humberto Sánchez, quienes se movilizaban en un campero.
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Veintiún
años después de ocurrida la masacre sobrevive en Ochalí un recordatorio que está
ubicado en un pedestal cerca al cementerio, en el mismo sitio en donde fueron
ajusticiados los nueve pobladores. Inscritos en una loza de mármol si apenas
puede leerse sus nombres. Las víctimas restantes solo registran en cifras del
Centro Nacional de Memoria Histórica, CNMH y, recientemente, luego de firmada
la ‘paz’ entre el Gobierno y las Farc, en los informes que elabora la Comisión
de la Verdad. No hay condenas por esos hechos. A duras penas hay un reconocimiento
de la verdad rendida por exparamilitares ante los magistrados de Justicia y Paz,
entre ellos, Isaías Montes Hernández, Junior o Mauricio, y Ramiro
Vanoy Murillo, Cuco Vanoy. La memoria de la masacre de Ochalí, “igual
que Marcos Chagualo, murió ese día para el mundo”.