CORRUPTOS S.A.
Es sorprendente hasta dónde se pueden tecnificar las redes de corrupción de las instituciones públicas, ante la mirada indiferente de la ciudadanía, que no se da cuenta de cuáles son las estrategias para desangrar al Estado, a través de la salud, las obras viales y la educación, tres temas que manejan el grueso de la inversión pública en los municipios y departamentos.
¿Y
quién los desenmascara?
Durante
las dos últimas décadas en los medios de prensa han hecho su entrada, como
periodistas investigadores, diferentes personas que han desvelado los
entramados de corrupción más sorprendentes de los últimos tiempos, como son
Daniel Coronell, con su columna en Semana
y en Noticias Uno, Norbey Quevedo en El Espectador y Ricardo Calderón, el
periodista sin rostro, a quien pocos le conocen la cara, porque se mimetiza
precisamente para poder denunciar a los bandidos desde las páginas de Semana, con escándalos como Tolemaida
Resorts o las chuzadas del DAS, o el fraude de Interbolsa.
En
Antioquia, desde la provincia, periodistas como Germán Jiménez Morales, de El Colombiano, han creado una unidad
investigativa de gran renombre con publicaciones que desentrañan cómo se
robaron a Interbolsa y quiénes desviaron miles de millones de pesos hacia
paraísos fiscales con el objetivo de defraudar a los inversionistas. Hasta la
empresa Fabricato S.A. estuvo entre las industrias afectadas por estos avezados
ladrones de cuello blanco.
El
periodismo ha sido fundamental para escribir la historia de la corrupción en
Colombia, investigando archivos, analizando información, consultando fuentes y
guardando el secreto profesional, ese mismo por el que los corruptos pagarían
lo que fuera, para saber quién los está vendiendo y mandarlo callar. Un corrupto
hace más daño y es más criminal que los mismos grupos insurgentes. Para
proteger su estrategia de defraudación busca aliarse con actores armados que
podrían hacerle el juego de silenciar a una persona que ejerce el periodismo.
Cuando
el periodismo es permeado por la mermelada, es decir, quienes tienen medios de
prensa reciben dinero de la pauta oficial, se pierde la objetividad, porque
esos que se benefician de los dos pesos que contratan por un aviso no son
capaces de denunciar ni de vigilar a los corruptos. Eso pasa, tanto los medios
nacionales como en los de provincia, donde hay una sola emisora y dos
periódicos. Ese es un periodismo lamezuelas que se entrega a su verdugo.
Para
ser periodista no se necesita tener credencial que lo acredite. De ninguna
manera. La Ley 51 de 1975, declarada inexequible por la Corte Constitucional,
en Sentencia C-087 de 1998, dejó constancia de manera expresa en cuanto a que
estas restricciones “son peligrosas, son dañinas, y son
superfluas… su objetivo es el amordazamiento de la prensa independiente y
crítica por parte del poder, que prefiere, y siempre ha preferido, una prensa
controlada y unos periodistas sumisos…”.
Incluso,
de manera contradictoria, hacen mejor periodismo quienes tienen otro título o
ejercen una profesión diferente, que los mismos periodistas graduados en la
academia, porque no tienen el rigor para investigar y buscar las fuentes de una
investigación. A todos les da miedo. En este país todo es miedo. Anónimos.
Perfiles falsos. Falsas identidades. Quien se esconde detrás de un perfil de
una red social, a tratar de boicotear la labor de una persona que ejerce el
periodismo, es igual de victimario que un sicario. Para denunciar se necesitan
pies de plomo y una coraza, porque cada vez que se menciona a los intocables
llueven los ataques y las calumnias. O inclusive lo ronda la muerte.
Mientras
el periodismo siga vigente y los periodistas continúen haciendo su labor
investigativa, el radio de acción de los corruptos se irá acortando. Todos
caen. Así haya pocos periodistas comprometidos con su labor siempre habrá quién
le ponga el ojo a los corruptos, esos personajes que andan buscando la mina
donde sentarse a explotarla, actuando en grupo, como sociedades anónimas. La
corrupción es inclusive más corrosiva que la misma guerra.