SANTOS NOS EMBRIAGÓ DE FÚTBOL
No es por aguar la fiesta, de ninguna
manera, porque soy aficionado al fútbol y me he disfrutado como nunca este
mundial, disputado en Brasil, en donde la Selección Colombia dio muestras de
jerarquía, técnica y disciplina, de la
mano de José Pékerman, llegando a una instancia inimaginable, que de no ser por
las jugadas del arbitraje hubiéramos enfrentado a Alemania. Pero no todo son
goles y celebración.
En Colombia no hay tranquilidad ni con
ley seca.
Mientras nosotros disfrutábamos del
fútbol, y Santos también, porque él se fue a Brasil en el avión presidencial a
alentar a la selección y dejar que sus hijos protagonizaran un escándalo en un
restaurante de Río de Janeiro, en Bogotá sus ministros hacían de las suyas
incrementando el valor de la gasolina y recortándole el presupuesto a
Colciencias, el departamento administrativo que fomenta la investigación y
promueve la tecnología.
Una de las locomotoras que Santos
prometió impulsar, como nunca antes se había hecho en el país, fue la ciencia y
la tecnología, con recursos de la Ley de Regalías, quitándole el derroche y la
corrupción a los municipios y departamentos antes beneficiados, e inyectándole
a un renglón de la educación que estaba muy descuidado. Le apostamos a la
competitividad.
Como lo reclamaba Héctor Abad Faciolince
en su columna del domingo en El
Espectador (Futbolistas, poetas,
científicos): “el
fútbol recibe apoyos multimillonarios (y está bien) mientras los recortes de
presupuesto se están haciendo en ciencias y en cultura…”. Esto viene a cuento con algo que escuché
en el tiempo en que llegó a dirigir la selección el profesor Pékerman, quien no
sé si será cierto, recibía un sueldo mensual de doscientos cuarenta millones de
pesos. Y no debe ser menos, porque el fútbol mueve impuestos
y patrocinio. Hasta negocios ilícitos.
¿Quién patrocina la educación, la
investigación o la cultura? Nadie pagaría por ir a ver una conferencia de
Rodolfo Llinás, el neurólogo colombiano, el mismo día de un partido de la
Selección Colombia, porque no nos interesa, o mejor no es el día apropiado para
organizarle, qué sé yo. Siempre estará la inversión al fútbol, que masifica y
transmite el mensaje de un gobierno, por malo que sea, que promover la ciencia
y la investigación. Los científicos son menos. Los futbolistas millares.
Colombia “es un
país que está retrasado intelectualmente”, dijo Llinás en una entrevista. Es más productivo jugar
fútbol que prepararse, sin discriminar una profesión digna, pero deja mucho qué
pensar que los jóvenes piensen más en ingresar el fútbol competitivo, antes que
terminar la escuela y ser profesionales. Aquí no podemos creernos Brasil.
El reto de este
gobierno debe centrarse en reformar el modelo de educación, aplicando las
recomendaciones de la Misión de Sabios,
creada en 1994, que propuso apostarle a la ciencia y a la educación, como
motores transformadores de la sociedad. Tal parece que solamente Sergio Fajardo
aprendió de lo consignado en esos libros.
Es triste decir, pero
mientras estábamos embebidos en el fútbol, nuestro gobierno hizo hasta lo
imposible por mover fichas del establecimiento para darnos en la cabeza. Y
quién sabe qué otras sorpresas irán apareciendo. No es gratuito el decreto que
resultó falsificado, que no concuerda con la tarde libre que dio el gobierno,
pero que al final fue un gesto de patriotismo. Todo tiene un precio.
No es por aguar la
fiesta, pero ahora que no clasificamos a la semifinal del mundial, deberíamos
ocuparnos de los asuntos del país.
O esperemos que Santos
se dé cuenta que ganó la reelección y comience a gobernar. ¿O hasta cuándo lo
esperamos?
[Publicado en el portal web Bajo la Manga el 9 de julio de 2014]