LOS CONDENADOS POR ERROR
Desde hace más de dos décadas el Estado colombiano, que tiene en
su preámbulo de la Constitución: «El pueblo de Colombia, en ejercicio de su
poder soberano… y asegurar a sus integrantes… el trabajo, la justicia, la
igualdad…la libertad y la paz, dentro de un marco jurídico…», ha promulgado tener una sistema de
justicia sólido (?) y justo, con instituciones de credibilidad probada como la
Corte Suprema de Justicia, que salvaguarda la legislación penal del país y
decide quién y por qué razón debe ser extraditado a otro país para responder
por algún delito.
Al leer Extraditados por error, del periodista y
escritor José Guarnizo, no dejé de preguntarme cómo hace el sistema judicial
colombiano para mirar a la cara a sus conciudadanos y decirles: «perdón, eran ustedes inocentes»,
permitiendo que sean recluidos en una cárcel, sea Bellavista o El Buen Pastor,
qué más da, estar privado de la libertad así sea en el calabozo de una CAI es
un acto inhumano. Y si se es inocente es más el suplicio.
Cuatro colombianos,
que no se conocen, pero que fueron víctimas de las sospechas y los seguimientos
de la DEA, agencia que hace inteligencia y persigue el narcotráfico, y se
pregunta uno ¡qué inteligencia!, cuando capturan a una persona que vendía
plátanos maduros en la plaza de Barranquilla, como Gabriel Consuegra Martínez. Y
ni qué decir del expiloto Carlos Ortega, cuyo único delito fue tener el nombre
de un capo costarricense y visitar Rionegro, un barrio de Bogotá, lo que les
creo confusión a los agentes gringos pensando que él visitaba Rionegro (Ant.) y
hacía negocios con los contactos de los carteles que visitaban el aeropuerto
internacional José María Córdova. Estos dos personajes me marcaron.
A ellos se suman
Gabriel Consuegra Arroyo, apodado ‘Ñoño’, hijo del otro Consuegra, y María
Margarita Salinas Forero, comisionista de bolsa, que les administraba la plata
a los ricos y les transaba acciones en la bolsa.
¿Qué delito cometieron
ellos? Ninguno. Todos sin excepción fueron extraditados y recluidos en cárceles
gringas, esperando ser oídos por una corte federal que decidiría si eran
culpables o no. ¿Qué podría decir una persona que no conocía un capo ni una
organización con la cual lo vinculaban? Un capo por lo menos podría negociar
rutas, vender a los dueños del negocio y entregar caletas, pero una persona
pobre o con facilidad de vivir sin angustias económicas qué. Este país no tiene
consideración. Ni el de allá; ni el de acá.
La justicia no
funciona. Aquí, por lo menos, si uno es capturado y condenado, siendo inocente,
y luego comprueba que fue un error, puede demandar a la Nación; pero si es
extraditado a Estados Unidos y luego deportado, a quién demanda uno, si hasta
la visa le es cancelada.
La propia Corte
Suprema de Justicia fue destinataria de varias cartas de súplicas de familiares
y amigos de estas víctimas que pedían objetar la extradición para que fueran
procesados aquí. Pero no. No hubo poder humano para salvarlos. No sé si es que
contra esos pedidos de extradición no funciona el derecho fundamental al debido
proceso (artículo 29, C. N.), algo que prima en cualquier proceso judicial en
Colombia. ¿En esos casos no? No. Para la Corte solamente aplica que la DEA
identifique la persona, presente las pruebas y nada más. Así sean pruebas que
no correspondan a la realidad.
Gracias a abogados
sabuesos, que saben dónde está la debilidad del inclemente sistema judicial
estadounidense, los cuatro colombianos fueron deportados al país. Ahí sí no
hubo prensa esperando la presentación de los capturados en las redes
delincuenciales del narcotráfico, producto de ‘grandes golpes’, lo que
significó sendos informes que dan cuenta de la efectividad de la lucha
antidrogas. ¡Cuál efectividad!
José Guarnizo, un
periodista que ha gastado bastante suela para cubrir los hechos violentos de
Medellín, que nos ha sorprendido con reportajes extraordinarios que han sido
reconocidos por jurados de premios internacionales, como el Premio Rey de
España de Periodismo, me ha devuelto la esperanza de saber que sí hay
periodistas que van más allá de las salas de redacción y de los comunicados de
prensa del gobierno y los políticos, para buscar historias que merecen salir en
las primeras planas de los periódicos con el titular: son inocentes, pero que
los directores de los medios no publican, porque no venden. Prefieren la sangre
y los golpes a la mafia.
Las contradicciones de
la vida: en su primer libro, La patrona
de Pablo Escobar, Guarnizo se acercó a la vida de Griselda Blanco, una
mujer que hizo de la cocaína un negocio muy rentable y de muchos muertos; y en
este libro desvela la historia de cuatro víctimas incriminadas por error, por
presuntamente traficar cocaína.
Dos realidades
antagónicas. Los maleantes y los inocentes. Cuatro condenados a sobrevivir con
la injusticia.