UNA MORDAZA PARA EL INCÓMODO

No es fácil asimilar una situación tan difícil como ser amenazado por cumplir con una tarea que todo ciudadano debe ejercer: ser veedor, pero que pocos lo hacen, vaya uno a saber por qué. O sí sabemos por qué. ¿Indiferencia? No sé. Simplemente sea practicar el mantra: “no me importa qué hagan, mientras no me afecte”.

Ser parte de los medios de comunicación y denunciar acciones de los poderosos, líderes políticos y gobernantes no es una tarea fácil, porque creas incomodidades y te creas enemigos, así no te lo manifiesten, pero no te vuelven a hablar o hacen hasta lo imposible por achicarte el espacio en que respiras el mismo oxígeno que ellos.

Otros, un poco más avezados, recurren a los actores armados ilegales para buscar la manera de callar a los incómodos, esos ciudadanos que buscan hasta debajo de las piedras una prueba, un documento, un testimonio que los lleve a terminar de armar el rompecabezas de una investigación. La prueba reina.

La última prueba puede ser el principio de una persecución. Acabar con la vida de quien le sabe la vida los corruptos. Y también sus secretos.

¿Cómo actuar ante un atentado a la libertad de prensa? La delgada línea entre permanecer en el anonimato, sin denunciar los poderes ocultos de la política, o arriesgarse a desvelarlos ante la opinión pública, se cruza cuando se pisan los terrenos prohibidos de quienes ostentan poder e imponen sus métodos de dominio.

El gatillo de un arma, gélida y recién brillada, con seis o más balas, hacen parte del ritual de muerte para quienes nos oponemos a que la sociedad siga siendo arrastrada por sus captores.

Es normal escuchar entre los ciudadanos la mofa a la verdad: ¿denunciar para qué? Para depurar los vicios implantados en el modelo social colombiano. Objetar la corrupción, denunciar a sus auspiciadores y votar a conciencia, deben ser principios ciudadanos. El cambio está en nuestra actitud.

¿No hay quien denuncie? Sí, pero tenemos miedo.

No somos salvadores ni superhéroes, porque lloramos, sufrimos y nos duele cada golpiza que recibimos por defender el valor de la honestidad. Nuestra tarea está enmarcada en el servicio a la ciudadanía, la protección de la verdad y la defensa del derecho a la información, arriesgando nuestra integridad, pero confiando en que nuestro trabajo será recompensando, así el día esté lejano.

El pasado sábado, 14 de diciembre, en horas de la madrugada, fui víctima de la persecución de cuatro hombres que me llevaron una razón que yo presentía, pero no pensé que llegara tan pronto, en un momento en que me encuentro desarrollando una serie de investigaciones que muestran cómo Yarumal, mi pueblo, la tierra de mis abuelos y de mis padres, ha dejado de ser un centro de comercio, para convertirse en el puerto seco de varios casos de corrupción.

La mordaza fue enviada para callarme y dejarme inmóvil, con lesiones en mis piernas y cuerpo, que de acuerdo a Medicina Legal no presentan gravedad, pero que serán marcas en mi piel que me harán recordar cada día que construir país cuesta.

Aquí estoy vivo.

Aquí sigo viendo, entre el olor a pólvora y la imagen de un revólver apuntando a mi cabeza, cómo entre las cloacas hiede y los roedores se nutren de corrupción el país.

[Publicado en Bajo la Manga el 18 de diciembre de 2013]

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